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Agua, roca, viñas. Sin duda, están ustedes en la « Costa Vermella ». En cualquier sitio entre el fin del mundo y las primeras fronteras del paraiso, existen espacios donde está prohibido no aprovechar. Solo hay que esperar que el sol quiera subirse en el cielo para venir al bordo del acantilado y equiparse. Los senderos pequeños de esquito son estrechos. Algunos dirán que podemos torcernos el tobillo. Pero el riesgo vale la pena. A algunos golpes de aletas de la orilla, el sol descubre relieves insospechados : cañones llenos de langostas, congrios y murenas. Bajo el agua, la verticalidad da el sentimiento de volar. Una especie de caída lenta bajo la mirada de bancos de sargos omnipresentes  en los remolinos formados por las rocas en superficie. Los paraisos tienen siempre sus promesas. Por eso lo guardamos secreto.